Amigo Comandante que olvidaste
que cien cruces de palo, a campo abierto,
te han dado a ti tus cruces,
y bandas y medallas sobre el pecho.
Ayer hablé con Dios… y no te extrañe,
amigo Comandante, porque es cierto.
Mientras vivimos, Dios, es solo un mito.
Es tan solo verdad para los muertos.
Le hablé de ti. Quise contarle…
Pero Él lo sabe todo : malo y bueno.
¡Cuántas cosas me dijo que ignoraba!
A ti a quien siempre tuve por sincero,
por quien morí aquel alba bajo un pino
-que yo creía que era un limonero
para darle a mi muerte más poesía-
y que morí por ti, mudo, en silencio,
como tú nos decías que algún día
habrías de morir, como los buenos.
Y ahora sé que aquél día te escondiste
bajo las raíces secas de un almendro.
Claro, para contar nuestro heroísmo
y decir que la muerte siempre es premio
que solo corresponde a los que mueren,
alguien sacrificando algo de dentro,
habría de ofrecerse al sacrificio
de renunciar a tan glorioso premio,
y tú muy generoso te ofreciste
-y haciéndote justicia confesamos-
que luchaste cual bravo por quedarte.
¡En eso sí que fuiste el primero!
¿No te huelen las cruces con que adornas
-orgullosa actitud- todo tu pecho?
¿No te huelen, amigo, no te huelen?
Esas cruces no huelen más que a muerto.
Solo una cruz se gana con justicia,
es esa que nos clavan en el suelo.
De ti hablé con Dios. ¿Te extraña, amigo?
Es este un privilegio que tenemos,
amigo Comandante, los poetas,
tan solo los poetas y los muertos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario