Me mataron una noche
con fusiles escondidos.
Quizás bajo un limonero,
quizás en la margen del río.
Quizás en el que yo decía
que navegaba un suspiro.
Me mataron una noche
y no se ha sabido el sitio.
¿Debajo de un limonero?
¿A campo abierto? ¿En un risco…?
No sé, pero me mataron
y no se ha sabido el sitio.
Pero lo sabe la albahaca
que su perfume ha perdido,
y lo sabe el limonero
y lo saben los olivos.
Y el aire, que ya no bate
las espadas de los lirios.
Y el silencio de mi ausencia
y el silencio de los cuchillos.
Me mataron, no sé dónde,
¡ay! Nunca se supo el sitio.
Sí se sabe de otras muertes:
la del gitano Antoñito…
Al río le duele el cauce
porque él lo sabe y lo ha visto,
pero él habla ese lenguaje
de imágenes de infinito
que solo comprende el alba
y el paisaje y el junquillo.
Me mataron no sé dónde.
De ello un gitano algo dijo.
A él se lo contó el viento
en medio de un remolino,
al desmayarse en silencio
sobre la aldaba, el rocío,
y abrasándole al gitano
en la garganta un gemido.
De noches se llenó el campo,
de lunas se llenó el río…
A un horizonte de perros
se le ahogaron los ladridos.
Me mataron una noche
y nunca se sabrá el sitio.
Menos mal que sí se sabe,
sí se sabe quién ha sido,
porque el alba sonrojada,
tiritando, fue testigo,
y todas las madrugadas
lo recuerda a los olivos
para que nunca se olvide…
¡Que ese es el mejor castigo!
Me mataron una noche
Y no se ha sabido el sitio.
en memoria de Federico García Lorca...
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