De sien a sien un tiro le trazaron
como si fuera un negro pensamiento.
Se deshizo mi nombre entre sus labios
igual que se deshace el sol al hielo.
Su nombre está grabado en oro fino
en mármol en la iglesia de mi pueblo.
… Cuando cave la oliva nos casamos
y seremos un alma con dos cuerpos.
El mes de mayo se casó conmigo
y tres meses después ya estaba muerto.
Le fueron a buscar a los olivos
dos que llegaron –dicen- de otro pueblo.
Y sin dejarle hablar lo mataron,
porque con otro Juan lo confundieron.
El mío era cristiano, era creyente.
El otro no era malo, aunque era ateo.
Al mío lo mató la mala suerte
de ser el que encontraron el primero.
Su muerte florecía en mis entrañas
como un grito de angustia contre el cielo.
Y prefirió morirse sin nacer
pasando por la vida en dulce sueño.
Y esposa y madre fui, siempre a la espera
de ese esposo perdido en el recuerdo,
y ese hijo que llora en las entrañas
y que se duerme para un sueño eterno.
¿Qué falta me hace ver que está tu nombre
grabado en oro fino sobre el templo,
si he dejado de ir, yo que creía,
por temor que herejías sean mis rezos?
¿Qué falta me hace ver que está tu nombre
helándose en las noches del invierno,
abrasándose al sol de nuevos julios
como un pasquín de guerra sobre el templo?
¡Me sobra con saber, no son cristianos
los que faltan al quinto mandamiento!
Son los mismos, los mismos que hace siglos
Mataron a Jesús el Nazareno!
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