¡Ya están aquí tranquilos para siempre!
Los conocía casi por los nombres.
Sabía del que nadie se acordaba
y del que siempre le traían flores.
Harta después de muertos son distintos
en la suerte o desgracia, muchos hombres.
Aquí ya están tranquilos para siempre.
Era mi cementerio triste y pobre,
pero yo era feliz, porque mis muertos
no salían ni de día ni de noche
-aunque las viejas bobas de mi pueblo
no dejaban de hablar de apariciones-.
Solo un día –la tarde iba cayendo-
me pareció de lejos, con un hombre,
con una tumba hablaba y discutía.
Me acerqué silencioso, viendo entonces,
que el hombre la decía: Soy culpable
de haberte abandonado. No perdones
el hombre que te hizo desgraciada.
Por esto, no hay perdón para los hombres.
Le dejé desahogarse y esperé.
Cuando quiso se fue con sus reproches.
Cerré mi cementerio. Muertos míos
-porque ellos eran míos por la noche-
aquí estáis ya tranquilos para siempre.
Ya están hasta olvidados vuestros nombres.
El sol los calentaba por el día
y el cierzo los helaba por las noches,
pero estaban tranquilos para siempre
en aquel cementerio triste y pobre.
Un día llovió fuego, fango y lodo
y sonaron trompetas y tambores.
¿Será el día del Juicio? ¡Arriba muertos!
¡A responder de agravios y de errores!
El Juicio final, que estaba escrito,
ha llegado, por fin, para los hombres.
Pero aquellas trompetas que sonaron
ni el redoble que hacían los tambores,
ni el fuego que del cielo nos caía
era el Juicio Final. Eran los hombres,
los humanos que en lucha fratricida,
con rosas de aquí, los de allí con hoces,
arrojaban sus bombas sin respeto,
los que olvidaron ya las oraciones.
Y los muertos volaron por los cielos
-tal vez creyendo absueltos su errores-
y volvieron al suelo, al frío cierzo,
a estrellarse en la tierra parda y ocre.
¡Se acabó estar tranquilos para siempre!
No era el Juicio final que Dios impone.
Era el Apocalipsis y la guerra.
Las trompetas sonaron a cañones.
Y se vistió de luto una victoria
Que hizo morir dos veces a los hombres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario