Por estas siete grietas de mi angustia
siete chorros de acíbar me salieron.
¿Quién tuvo en el costado también siete
dolores o cuchillos?... ¡No recuerdo!
¿Por qué tendrán también esta tragedia
del olvido, los muertos?
Por estas siete grietas de mi angustia
siete chorros de acíbar me salieron,
al ver cómo las cruces de madera,
la tierra, el agua, el sol iban pudriendo.
Y cómo putrefactas, aún tenían
los brazos siempre abiertos,
y el tenue claroscuro de la tarde
no podía borrar el signo eterno.
Por estas siete grietas de mi angustia
con ojos sin retina de los muertos
te he visto amigo. Sí. Te ví: Te he visto
y me pregunto absorto, mudo, yerto.
¿Cómo has cambiado tanto?
De muchacho eras bueno.
Repartías tu pan con los humildes.
Sabías de memoria el evangelio.
¿Cómo has cambiado tanto?
¿En dónde has enterrado todo aquello?
¿Aquellas citas de Jesús Divino
tan justas que el cabello
nos ponías de punta en tus discursos,
cuando tú eras tan pobre como ellos?
¿Y aquello de que el rico nunca, nunca
podrá entrar en el Cielo?
¿Y aquello… y? En fin. ¿Y esto y lo otro?
¡Qué pronto pasa el tiempo!
¡Cómo olvidan los hombres sus promesas!
¡Cómo compra conciencias el dinero!
¿No ves que el hombre es solo una amalgama
que forman barro y tiempo?
Por estas siete grietas de mi angustia
siete chorros de acíbar me salieron.
¡También tienen derecho a avergonzarse
de estas cosas los muertos!
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