¡Os maldigo, os maldigo! ¡Grandullones!
Yo quería jugar. Era pequeño.
Tenía un avión y una escopeta
y sabía contar, porque mi abuelo
-el yayo le llamábamos en casa-
me enseñó a distinguir del uno al ciento.
Yo quería jugar, allí: en la calle,
al juego de los malos y los buenos.
A orí… A justicia y ladrones…
El aro lo rompió mi hermano Pedro…
Pero un día –decían los mayores
que había guerra aunque a ese juego
no sabía jugar- donde está Dios,
allá arribota, en el cielo,
aparecieron cientos de aviones,
igualitos que el mío, pero negros.
Los chicos nos salimos a la calle,
les hicimos señales con pañuelos.
La gente nos llamó, pero los chicos
jugamos aquél día a vivo o muerto.
El cielo se rajó con mil ruidos.
Yo quise irme a casa. Tuve miedo
y recuerdo tan solo que tenía
encharcado en la sangre todo el cuerpo.
Abrí los ojos. ¡Qué dolor más grande!
A mi lado tendido vi a mi abuelo.
Una sonrisa rara vi en su boca.
¡También está muerto!
Y mi avión, partido en dos pedazos
llorando por los dos con desconsuelo.
¡Os maldigo, os maldigo! ¡Grandullones!
Yo quería jugar. Era pequeño.
Tenía un avión y una escopeta
y sabía contar del uno al ciento.
Romperme el avión os lo perdono…
¡No os perdono matarais a mi abuelo!
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