domingo, 30 de septiembre de 2012

EL MAESTRO

Eran larvas de curas y abogados,
de marinos, poetas, ingenieros…
Jugábamos al corro de la vida
rodeando el naranjo del colegio.
Tenían sus envidias… eran niños.
Yo tuve preferencias, lo confieso.
Pero nunca fui injusto con ninguno,
y en los castigos nunca fui severo.
Allí estaba el mañana. Allí la Patria.
Cien caminos futuros, tan diversos.
Cien ilusiones en cien mentes presas.
Cien mañanas, como siempre, inciertos.
¿Quién llegará a ser cura o abogado?
¿Y quién, equivocando el buen sendero
tropezará en las rejas del presidio
cuando el error no tenga ya remedio?
¿Dónde está el Judas, que lo habrá seguro?
¿Dónde el Caín, que quiero conocerlo?
Pero eran solo niños, y en los niños
se diluye el futuro entre los juegos.
Ellos iban haciéndose más jóvenes
y yo a la vez haciéndome más viejo.
A ellos, en la barba, les salía
esa azulada sombra que da el vello.
En mi cabeza, una nevada lenta
iba dejando atrás lejanos tiempos.
Y así éramos felices. Pero un día…

Si aquí se paga el mal que hayamos hecho,
al verlos destrozados por las bombas
pensé que fui cruel, aún sin saberlo.
Todo fue en un instante, en un minuto.
Cien bocas, cien abismos, cien infiernos.
Las doscientas ventanas de sus ojos,
como doscientos gritos maldiciendo.
Cien camisitas blancas adornadas
con cien claveles rojos sobre el pecho.
… Y en cien charcos de sangre se me ahogaban
Poetas, abogados, ingenieros…

Solo un muro quedó, tan solo un muro.
Como testigo mudo o juez discreto,
sobre el muro pendía un crucifijo,
con cien chorros de amor dentro del pecho.
Cien boquitas callando su protesta,
cien veces iniciando el padrenuestro.
Cien razones más para deciros:
¡No mereció la pena tanto muerto!

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