Yo vivía en el mundo de las sombras
refugiado en las sombras del cielo.
En un cielo en que no existe la línea
que el horizonte marca a los romeros.
Mis ojos eran fosas donde muertas
yacen al alba y noche los ciegos.
Yo no supe jamás lo que era blanco
porque no concebí lo que era negro.
Los ciegos seres que gozamos,
en nuestra soledad, de un privilegio:
para ver las almas, somos vivos,
para ver los cuerpos, somos muertos.
Y en esta soledad de nuestras sombras,
una mañana, me lloró un pequeño:
¿Sabes, cieguito, qué es la guerra?¿Dime?
¿Por qué se fue papá con los del pueblo?
¿Por qué llora mamá y viste de luto?
¿Por qué se fue papá?¿Por qué no ha vuelto?
¿Por qué al abuelo un día se lo llevaron
y lo encontraron en las eras muerto?
¿Qué es la guerra, cieguito?¿Qué es la guerra?
¡Qué lo vas a saber tú, que estás ciego!
Sí lo sé, pequeñín, la guerra es mala.
La guerra es no cumplir el Evangelio,
es clamar contra Dios, que es un pecado.
Es blasfemar a voces en el templo.
Es olvidar que el prójimo es tu hermano,
y que expiró clavado en un madero
el hombre que escribió el mejor mensaje,
solo en siete palabras –dulce verbo-.
Sí lo sé, pequeñín. Sé qué es la guerra,
aunque yo por fortuna no lo veo.
La guerra es destrucción, hambre y miseria.
La guerra es la blasfemia, el sacrilegio.
La bárbara oración del: ¡No perdono!
La bárbara oración del: ¡No olvidemos!
¡Perdónalos, Señor, Tú que has sufrido
Angustias suspendido en el madero!
… Y pasé de mis sombras a estas sombras
de la paz sin desvelos de los muertos.
¡Te bendigo, Señor, porque mis ojos
por ser charcos de barro, no lo vieron!
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