domingo, 30 de septiembre de 2012

EL CIEGO

Yo vivía en el mundo de las sombras
refugiado en las sombras del cielo.
En un cielo en que no existe la línea
que el horizonte marca a los romeros.
Mis ojos eran fosas donde muertas
yacen al alba y noche los ciegos.
Yo no supe jamás lo que era blanco
porque no concebí lo que era negro.
Los ciegos seres que gozamos,
en nuestra soledad, de un privilegio:
para ver las almas, somos vivos,
para ver los cuerpos, somos muertos.
Y en esta soledad de nuestras sombras,
una mañana, me lloró un pequeño:
¿Sabes, cieguito, qué es la guerra?¿Dime?
¿Por qué se fue papá con los del pueblo?
¿Por qué llora mamá y viste de luto?
¿Por qué se fue papá?¿Por qué no ha vuelto?
¿Por qué al abuelo un día se lo llevaron
y lo encontraron en las eras muerto?
¿Qué es la guerra, cieguito?¿Qué es la guerra?
¡Qué lo vas a saber tú, que estás ciego!
Sí lo sé, pequeñín, la guerra es mala.
La guerra es no cumplir el Evangelio,
es clamar contra Dios, que es un pecado.
Es blasfemar a voces en el templo.
Es olvidar que el prójimo es tu hermano,
y que expiró clavado en un madero
el hombre que escribió el mejor mensaje,
solo en siete palabras –dulce verbo-.
Sí lo sé, pequeñín. Sé qué es la guerra,
aunque yo por fortuna no lo veo.
La guerra es destrucción, hambre y miseria.
La guerra es la blasfemia, el sacrilegio.
La bárbara oración del: ¡No perdono!
La bárbara oración del: ¡No olvidemos!
¡Perdónalos, Señor, Tú que has sufrido
Angustias suspendido en el madero!
… Y pasé de mis sombras a estas sombras
de la paz sin desvelos de los muertos.
¡Te bendigo, Señor, porque mis ojos
por ser charcos de barro, no lo vieron!

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