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domingo, 30 de septiembre de 2012

ME MATARON UNA NOCHE…

Me mataron una noche
con fusiles escondidos.
Quizás bajo un limonero,
quizás en la  margen del río.
Quizás en el que yo decía
que navegaba un suspiro.
Me mataron una noche
y no se ha sabido el sitio.
¿Debajo de un limonero?
¿A campo abierto? ¿En un risco…?
No sé, pero me mataron
y no se ha sabido el sitio.
Pero lo sabe la albahaca
que su perfume ha perdido,
y lo sabe el limonero
y  lo saben los olivos.
Y el aire, que ya no bate
las espadas de los lirios.
Y el silencio de mi ausencia
y el silencio de los cuchillos.
Me mataron, no sé dónde,
¡ay! Nunca se supo el sitio.
Sí se sabe de otras muertes:
la del gitano Antoñito…
Al río le duele el cauce
porque él lo sabe y lo ha visto,
pero él habla ese lenguaje
de imágenes de infinito
que solo comprende el alba
y el paisaje y el junquillo.
Me mataron no sé dónde.
De ello un gitano algo dijo.
A él se lo contó el viento
en medio de un remolino,
al desmayarse en silencio
sobre la aldaba, el rocío,
y abrasándole al gitano
en la garganta un gemido.
De noches se llenó el campo,
de lunas se llenó el río…
A un horizonte de perros
se le ahogaron los ladridos.
Me mataron una noche
y nunca se sabrá el sitio.
Menos mal que sí se sabe,
sí se sabe quién ha sido,
porque el alba sonrojada,
tiritando, fue testigo,
y todas las madrugadas
lo recuerda a los olivos
para que nunca se olvide…
¡Que ese es el mejor castigo!

Me mataron una noche
Y no se ha sabido el sitio.

LA ESPOSA

De sien a sien un tiro le trazaron
como si fuera un negro pensamiento.
Se deshizo mi nombre entre sus labios
igual que se deshace el sol al hielo.
Su nombre está grabado en oro fino
en mármol en la iglesia de mi pueblo.

… Cuando cave la oliva nos casamos
y seremos un alma con dos cuerpos.
El mes de mayo se casó conmigo
y tres meses después ya estaba muerto.
Le fueron a buscar a los olivos
dos que llegaron –dicen- de otro pueblo.
Y sin dejarle hablar lo mataron,
porque con otro Juan lo confundieron.
El mío era cristiano, era creyente.
El otro no era malo, aunque era ateo.
Al mío lo mató la mala suerte
de ser el que encontraron el primero.
Su muerte florecía en mis entrañas
como un grito de angustia contre el cielo.
Y prefirió morirse sin nacer
pasando por la vida en dulce sueño.
Y esposa y madre fui, siempre a la espera
de ese esposo perdido en el recuerdo,
y ese hijo que llora en las entrañas
y que se duerme para un sueño eterno.

¿Qué falta me hace ver que está tu nombre
grabado en oro fino sobre el templo,
si he dejado de ir, yo que creía,
por temor que herejías sean mis rezos?
¿Qué falta me hace ver que está tu nombre
helándose en las noches del invierno,
abrasándose al sol de nuevos julios
como un pasquín de guerra sobre el templo?

¡Me sobra con saber, no son cristianos
los que faltan al quinto mandamiento!   
Son los mismos, los mismos que hace siglos
Mataron a Jesús el Nazareno!

LA NOVIA

Al alba me ponía al bastidor
para bordar las sábanas del nido.
Oración y puntada en boca y manos,
y en la mente un concierto de jacintos.
El traje blanco estaba entre perfumes.
Las sábanas guardadas con membrillos.
Las contaba en el día veinte veces,
las abrazaba cual si fueran niños,
y cuando un beso dulce los ponía
el beso se marchaba al infinito.

Mi novio estaba lejos, en la guerra,
pero al marchar me había prometido…
Y no pudo cumplirme la promesa.
Se durmió para siempre en los olivos.

¡No me escribe…! Nadie me lo decía
y fue mi madre un día y me lo dijo.
Se murió un padrenuestro entre mis labios,
hubo en mi mente entierro de jacintos.

Todas las tardes fue, cuando lo supe,
A preguntar por él a los olivos.
Los oía decir: Se ha vuelto loca.
Y el eco iba brincando por el río.
El bastidor quedó sobre la mesa
y el blanco traje se volvió amarillo,
y entre las sábanas quedaron secos
arrugados y negros los membrillos.
¡No se ha muerto, es mentira! –me decía-
¡Es que está haciendo guardia n los olivos!

¿Por qué me lo matasteis? ¿Por qué?
Si están los limoneros en su sitio,
si aún sigue habiendo niños harapientos,
si aún sigue habiendo niños descalcitos,
si el Juez y el Secretario y la estanquera
son los mismos que antes había, son los mismos.
Únicamente el traje se ha cambiado
Pero siguen igual con su egoísmo.
Si hay más pobres, tal vez, que antes había
y el Señor Marqués, mucho más rico.
¿Por qué me lo matasteis? Sí. ¿Por qué?
¿Para que vuelva a estar todo lo mismo?
¿Para eso una oración entre mis labios
-yo era aún creyente- se fundió en un grito?

¿Por qué me lo pusisteis a hacer guardia
para siempre y por siempre en los olivos?
Algún día, tal vez, esta pregunta
Os volverán a hacer en otro Juicio.

EL QUE SUPO MORIR.

Solo se muere una vez –dijo- y murió.
Y en esta Convención que hacen los muertos
se le pidió que hablara y esperamos
un día y otro, sin sosiego,
al que en su Gólgota quedó dormido.
No sabemos por qué no lo habrá hecho.
A veces la elocuencia de un discurso
es menos elocuente que el silencio.