domingo, 30 de septiembre de 2012

OREMUS

Dios te salve María, Reina y Madre…
Padre nuestro que estás allí, en los Cielos…
Apiádate, Señor, de los de abajo.
Rogámoste, Señor, todos los muertos
por ese lodo humano de los hombres,
para intentar salvarlos del Averno.
Hazlo, Señor, por esas siete llagas
que chorrean amor que no entendieron.
Perdónales, Señor, te lo pedimos
los que disfrutan del banquete eterno
de estrellas, lejanía, eternidad…
al que solo invitaste a los muertos.

Y TENÍAMOS QUE HABLAR

Ochenta pasos había
desde la puerta de hierro
hasta el fondo de aquél patio.
¿Lo recuerdas, compañero?
Lo recorrimos mil veces
en verano y en invierno,
siempre en la mente un mañana
y en el corazón un duelo,
cientos, miles de esperanzas,
alrededor de un proyecto.
Algún día se podrá…
Lo hicimos mal, eso es cierto;
pero eso no justifica
que haya que hundirse en el cieno.
¡Cuántas veces mi palabra
devolvió la vida a los muertos,
porque tal eran algunos
que andaban con paso lento,
recostándose cansinos
en sus propios pensamientos!
Cuántas veces mi palabra
-allí las llamaban versos-
hizo a esos muertos felices
aunque por unos momentos.

Pero un día se quejaron
de mi ausencia, lo recuerdo,
aquellos ochenta pasos
de aquél patio recoleto,
que quedaban sin mis risas,
que quedaban sin mis versos.
Aquellos ochenta pasos
fueron ochenta lamentos,
ochenta blasfemias negras
vomitadas sobre el viento,
entre la puerta y el muro,
entre el agobio y el tedio.

Y me fui y no pudimos
hablar ni de esto ni de aquello…
Y teníamos que hablar
de muchas cosas, recuerdo,
de muchas cosas, de muchas…
Compañero… Compañero…

NO HAY CAMINO

Sensible como un bordón
con el alma de saeta,
olmo viejo, junto al río
soy soledad y tristeza.
Dios, contra mi voluntad
venció un día en la pelea.
Se arrancó lo que adoraba
y solo quedó en la arena
mi corazón frente a un mar
de olas blancas de azucena.
Y verso y vino y guitarra
no aminoran mi pena,
y salí a buscar ansioso
un camino, una vereda.
No hay camino, caminante…
Andando, andando se llega.
A veces, solo a un alcoba
-cama antigua, espejo y mesa-
bajo un sol menos caliente
que huele a muerto y a cera
donde un bordón, al pulsarlo,
más que lamentarse, reza.
He muerto, ya estoy tranquilo,
Dios me ha llevado con ella.
Caminante, no hay camino.
Andando, andando se llega…

Allí donde tú querías
o donde el azar te lleva.

ME MATARON UNA NOCHE…

Me mataron una noche
con fusiles escondidos.
Quizás bajo un limonero,
quizás en la  margen del río.
Quizás en el que yo decía
que navegaba un suspiro.
Me mataron una noche
y no se ha sabido el sitio.
¿Debajo de un limonero?
¿A campo abierto? ¿En un risco…?
No sé, pero me mataron
y no se ha sabido el sitio.
Pero lo sabe la albahaca
que su perfume ha perdido,
y lo sabe el limonero
y  lo saben los olivos.
Y el aire, que ya no bate
las espadas de los lirios.
Y el silencio de mi ausencia
y el silencio de los cuchillos.
Me mataron, no sé dónde,
¡ay! Nunca se supo el sitio.
Sí se sabe de otras muertes:
la del gitano Antoñito…
Al río le duele el cauce
porque él lo sabe y lo ha visto,
pero él habla ese lenguaje
de imágenes de infinito
que solo comprende el alba
y el paisaje y el junquillo.
Me mataron no sé dónde.
De ello un gitano algo dijo.
A él se lo contó el viento
en medio de un remolino,
al desmayarse en silencio
sobre la aldaba, el rocío,
y abrasándole al gitano
en la garganta un gemido.
De noches se llenó el campo,
de lunas se llenó el río…
A un horizonte de perros
se le ahogaron los ladridos.
Me mataron una noche
y nunca se sabrá el sitio.
Menos mal que sí se sabe,
sí se sabe quién ha sido,
porque el alba sonrojada,
tiritando, fue testigo,
y todas las madrugadas
lo recuerda a los olivos
para que nunca se olvide…
¡Que ese es el mejor castigo!

Me mataron una noche
Y no se ha sabido el sitio.

EL SEPULTURERO

¡Ya están aquí tranquilos para siempre!
Los conocía casi por los nombres.
Sabía del que nadie se acordaba
y del que siempre le traían flores.
Harta después de muertos son distintos
en la suerte o desgracia, muchos hombres.
Aquí ya están tranquilos para siempre.
Era mi cementerio triste y pobre,
pero yo era feliz, porque mis muertos
no salían ni de día ni de noche
-aunque las viejas bobas de mi pueblo
no dejaban de hablar de apariciones-.
Solo un día –la tarde iba cayendo-
me pareció de lejos, con un hombre,
con una tumba hablaba y discutía.
Me acerqué silencioso, viendo entonces,
que el hombre la decía: Soy culpable
de haberte abandonado. No perdones
el hombre que te hizo desgraciada.
Por esto, no hay perdón para los hombres.

Le dejé desahogarse y esperé.
Cuando quiso se fue con sus reproches.
Cerré mi cementerio. Muertos míos
-porque ellos eran míos por la noche-
aquí estáis ya tranquilos para siempre.
Ya están hasta olvidados vuestros nombres.
El sol los calentaba por el día
y el cierzo los helaba por las noches,
pero estaban tranquilos para siempre
en aquel cementerio triste y pobre.

Un día llovió fuego, fango y lodo
y sonaron trompetas y tambores.
¿Será el día del Juicio? ¡Arriba muertos!
¡A responder de agravios y de errores!
El Juicio final, que estaba escrito,
ha llegado, por fin, para los hombres.
Pero aquellas trompetas que sonaron
ni el redoble que hacían los tambores,
ni el fuego que del cielo nos caía
era el Juicio Final. Eran los hombres,
los humanos que en lucha fratricida,
con rosas de aquí, los de allí con hoces,
arrojaban sus bombas sin respeto,
los que olvidaron ya las oraciones.

Y los muertos volaron por los cielos
-tal vez creyendo absueltos su errores-
y volvieron al suelo, al frío cierzo,
a estrellarse en la tierra parda y ocre.

¡Se acabó estar tranquilos para siempre!
No era el Juicio final que Dios impone.
Era el Apocalipsis y la guerra.
Las trompetas sonaron a cañones.

Y se vistió de luto una victoria
Que hizo morir dos veces a los hombres.  

LA ESPOSA

De sien a sien un tiro le trazaron
como si fuera un negro pensamiento.
Se deshizo mi nombre entre sus labios
igual que se deshace el sol al hielo.
Su nombre está grabado en oro fino
en mármol en la iglesia de mi pueblo.

… Cuando cave la oliva nos casamos
y seremos un alma con dos cuerpos.
El mes de mayo se casó conmigo
y tres meses después ya estaba muerto.
Le fueron a buscar a los olivos
dos que llegaron –dicen- de otro pueblo.
Y sin dejarle hablar lo mataron,
porque con otro Juan lo confundieron.
El mío era cristiano, era creyente.
El otro no era malo, aunque era ateo.
Al mío lo mató la mala suerte
de ser el que encontraron el primero.
Su muerte florecía en mis entrañas
como un grito de angustia contre el cielo.
Y prefirió morirse sin nacer
pasando por la vida en dulce sueño.
Y esposa y madre fui, siempre a la espera
de ese esposo perdido en el recuerdo,
y ese hijo que llora en las entrañas
y que se duerme para un sueño eterno.

¿Qué falta me hace ver que está tu nombre
grabado en oro fino sobre el templo,
si he dejado de ir, yo que creía,
por temor que herejías sean mis rezos?
¿Qué falta me hace ver que está tu nombre
helándose en las noches del invierno,
abrasándose al sol de nuevos julios
como un pasquín de guerra sobre el templo?

¡Me sobra con saber, no son cristianos
los que faltan al quinto mandamiento!   
Son los mismos, los mismos que hace siglos
Mataron a Jesús el Nazareno!

LA NOVIA

Al alba me ponía al bastidor
para bordar las sábanas del nido.
Oración y puntada en boca y manos,
y en la mente un concierto de jacintos.
El traje blanco estaba entre perfumes.
Las sábanas guardadas con membrillos.
Las contaba en el día veinte veces,
las abrazaba cual si fueran niños,
y cuando un beso dulce los ponía
el beso se marchaba al infinito.

Mi novio estaba lejos, en la guerra,
pero al marchar me había prometido…
Y no pudo cumplirme la promesa.
Se durmió para siempre en los olivos.

¡No me escribe…! Nadie me lo decía
y fue mi madre un día y me lo dijo.
Se murió un padrenuestro entre mis labios,
hubo en mi mente entierro de jacintos.

Todas las tardes fue, cuando lo supe,
A preguntar por él a los olivos.
Los oía decir: Se ha vuelto loca.
Y el eco iba brincando por el río.
El bastidor quedó sobre la mesa
y el blanco traje se volvió amarillo,
y entre las sábanas quedaron secos
arrugados y negros los membrillos.
¡No se ha muerto, es mentira! –me decía-
¡Es que está haciendo guardia n los olivos!

¿Por qué me lo matasteis? ¿Por qué?
Si están los limoneros en su sitio,
si aún sigue habiendo niños harapientos,
si aún sigue habiendo niños descalcitos,
si el Juez y el Secretario y la estanquera
son los mismos que antes había, son los mismos.
Únicamente el traje se ha cambiado
Pero siguen igual con su egoísmo.
Si hay más pobres, tal vez, que antes había
y el Señor Marqués, mucho más rico.
¿Por qué me lo matasteis? Sí. ¿Por qué?
¿Para que vuelva a estar todo lo mismo?
¿Para eso una oración entre mis labios
-yo era aún creyente- se fundió en un grito?

¿Por qué me lo pusisteis a hacer guardia
para siempre y por siempre en los olivos?
Algún día, tal vez, esta pregunta
Os volverán a hacer en otro Juicio.

LA MADRE

Del manantial sagrado de mi pecho,
cuatro ríos de vida dio mi sangre,
que al salirse de madre se marcharon
hacia los cuatro puntos cardinales.
Eran Mateo y Marcos, Juan y Lucas,
en su bravura cuatro vendavales.
Los Cuatro Evangelistas los llamaban
-los nombres fue un capricho de su padre-.
Fueron poco a la escuela. Éramos pobres.
Para los pobres todo era bastante.

Marcos y Lucas discutieron mucho.
Juan a Mateo al final dejó de hablarle.
El campo se cubrió de musgo verde
y de amapolas rojas los trigales.
El sol picaba más, cuando a las doce
aún tocaban el ángelus los frailes.
Y mi Marcos y Lucas discutían,
ellos que nunca discutieron antes.
Y Juan y mi Mateo no se hablaban.
¿Por qué será, Señor? Yo, como madre
me preguntaba entre sollozo y rezo,
que es en las madres el mejor lenguaje.
¿Por qué discutirán si son hermanos?
Es como si en el campo, en los trigales,
la espiga discutiera con la espiga,
rama y oliva allá en los olivares,
y el rezo y la intención en los que rezan,
y el amor y el deseo en los amantes.
¿Por qué discutirán, si son hermanos?
¿Por qué si igual les dí a todos mi sangre?

Al clarear el alba un mes de julio
quemaron cuatro besos en mi carne.
Se fueron Juan y Mateo por las eras,
Lucas y Marcos vi por los brezales.
¿Por qué opuestos caminos? Y se fueron
los cuatro a guerrear como chacales.
Juan y Marcos llevaban cinco rosas
de las que nunca he visto en los rosales.
Mateo y Lucas en la mente estrellas
y la camisa como tinta en sangre.

Los Cuatro Evangelistas los llamaban
porque eran cuatro santos sin altares.
Y a predicar se fueron por los campos
Un evangelio negro de puñales.

Yo lo supe después. La suerte quiso
que fueran a encontrarse en el combate.
Juan y Marcos a un lado, al otro estaban
Mateo y Lucas, con la misma sangre.

… Y allí los enterraron a los cuatro.
En una misma fosa, en los zarzales,
con una misma cruz. ¡Si eran hermanos!
¡Si eran los cuatro ríos de mi sangre!
Si al clarear el alba en aquél julio
cuando su beso me quemó en la carne,
no debieron salir, ni con las rosas,
ni con las camisas rojas como la sangre,
porque eran cuatro hermanos, cuatro ríos
del manantial sagrado de una madre,
y hermanos que se matan son Caínes,
en nombre de quien luchan o quien maten.

EL CURA

El signo de la cruz sobre la frente,
sal en la boca y otra cruz al pecho,
dudando si Caín o Abel sería…
Así los bautizaba… Yo era eso,
para unos Don Fernando, para otros…
Solo el Cura. Solo el Cura del pueblo.
Luego en la plenitud de su pureza
-apenas siete años, aún con ecos
del llanto del nacer- los convidaba
al banquete divino allá en el templo.
Y después los casaba y a sus hijos,
volvía a hacer lo mismo que con ellos.

El tiempo iba pasando y hojas nuevas
echaban cada año los cerezos.
Un día me llamaban: Don Fernando,
que quiere confesar… ¡Por fin, Dios mío!
Al cielo irá –decía- no era malo.
¿Y quién había malo allí en mi pueblo?
… Y no hacía más, porque era solo el Cura,
solo el Cura del pueblo.

Allá en la Capital, unos discursos
pusieron nubes negras sobre el cielo,
y descargó un granizo diferente:
alargado, metálico y ardiendo.
Dejé de ser el Cura a quien llamaban
humildes, con respeto,
para encender la luz a los que nacen,
para apagar la luz a los que han muerto.
Y pasé a ser Fernando y camarada
-contento me quedé con estar suelto-.

Nadie sabe quién fue. ¡Mi pobre Iglesia!
Me calenté a la hoguera de mi templo.
No me llamaban y nacían niños.
Se casaban y yo lo supe luego.
Se murieron y fueron enterrados
sin esa cruz que yo ponía en el pecho.

Comenzaba a llegar la primavera,
y un día me enteré que todo el pueblo
se escondía aterrado en las bodegas.
Bajaban a millares por el cerro.
¡No temáis, hijos, no temáis!
¡Al fin llega la paz, que son los buenos!
Y salía a recibirlos en la plaza
después de tantos meses de silencio.
Me mandaron parar… ¡Yo qué sabía!
Como no me paré –dijeron luego-
La orden se cumplió y me llenaron
de un saludo que ardía todo el pecho.
¡Por favor, soy el cura, soy el cura!
Y apenas tuve tiempo para un rezo.

Hace mucho. No sé. Los muertos tienen
poca noción de cómo pasa el tiempo.
Desde aquí vemos todo y me pregunto…
¿Merecía, Señor, yo que lo veo
la angustia de una espera prolongada?
¿Dejar de ser el cura de mi pueblo
para ser camarada a quien pagaban
dejándole vivir –presa del miedo-
porque nunca hice mal a los vencidos
ni a los que luego dicen que vencieron?
¿Y mereció la pena que llegaran
aquellos que esperé –ansia y desvelo-
para dejar de ser el pobre cura
que bautizó, casó y absolvió luego,
y que murió en la duda y la amargura,
de distinguir, Señor, malos y buenos?

EL MAESTRO

Eran larvas de curas y abogados,
de marinos, poetas, ingenieros…
Jugábamos al corro de la vida
rodeando el naranjo del colegio.
Tenían sus envidias… eran niños.
Yo tuve preferencias, lo confieso.
Pero nunca fui injusto con ninguno,
y en los castigos nunca fui severo.
Allí estaba el mañana. Allí la Patria.
Cien caminos futuros, tan diversos.
Cien ilusiones en cien mentes presas.
Cien mañanas, como siempre, inciertos.
¿Quién llegará a ser cura o abogado?
¿Y quién, equivocando el buen sendero
tropezará en las rejas del presidio
cuando el error no tenga ya remedio?
¿Dónde está el Judas, que lo habrá seguro?
¿Dónde el Caín, que quiero conocerlo?
Pero eran solo niños, y en los niños
se diluye el futuro entre los juegos.
Ellos iban haciéndose más jóvenes
y yo a la vez haciéndome más viejo.
A ellos, en la barba, les salía
esa azulada sombra que da el vello.
En mi cabeza, una nevada lenta
iba dejando atrás lejanos tiempos.
Y así éramos felices. Pero un día…

Si aquí se paga el mal que hayamos hecho,
al verlos destrozados por las bombas
pensé que fui cruel, aún sin saberlo.
Todo fue en un instante, en un minuto.
Cien bocas, cien abismos, cien infiernos.
Las doscientas ventanas de sus ojos,
como doscientos gritos maldiciendo.
Cien camisitas blancas adornadas
con cien claveles rojos sobre el pecho.
… Y en cien charcos de sangre se me ahogaban
Poetas, abogados, ingenieros…

Solo un muro quedó, tan solo un muro.
Como testigo mudo o juez discreto,
sobre el muro pendía un crucifijo,
con cien chorros de amor dentro del pecho.
Cien boquitas callando su protesta,
cien veces iniciando el padrenuestro.
Cien razones más para deciros:
¡No mereció la pena tanto muerto!