El signo de la cruz sobre la frente,
sal en la boca y otra cruz al pecho,
dudando si Caín o Abel sería…
Así los bautizaba… Yo era eso,
para unos Don Fernando, para otros…
Solo el Cura. Solo el Cura del pueblo.
Luego en la plenitud de su pureza
-apenas siete años, aún con ecos
del llanto del nacer- los convidaba
al banquete divino allá en el templo.
Y después los casaba y a sus hijos,
volvía a hacer lo mismo que con ellos.
El tiempo iba pasando y hojas nuevas
echaban cada año los cerezos.
Un día me llamaban: Don Fernando,
que quiere confesar… ¡Por fin, Dios mío!
Al cielo irá –decía- no era malo.
¿Y quién había malo allí en mi pueblo?
… Y no hacía más, porque era solo el Cura,
solo el Cura del pueblo.
Allá en la Capital, unos discursos
pusieron nubes negras sobre el cielo,
y descargó un granizo diferente:
alargado, metálico y ardiendo.
Dejé de ser el Cura a quien llamaban
humildes, con respeto,
para encender la luz a los que nacen,
para apagar la luz a los que han muerto.
Y pasé a ser Fernando y camarada
-contento me quedé con estar suelto-.
Nadie sabe quién fue. ¡Mi pobre Iglesia!
Me calenté a la hoguera de mi templo.
No me llamaban y nacían niños.
Se casaban y yo lo supe luego.
Se murieron y fueron enterrados
sin esa cruz que yo ponía en el pecho.
Comenzaba a llegar la primavera,
y un día me enteré que todo el pueblo
se escondía aterrado en las bodegas.
Bajaban a millares por el cerro.
¡No temáis, hijos, no temáis!
¡Al fin llega la paz, que son los buenos!
Y salía a recibirlos en la plaza
después de tantos meses de silencio.
Me mandaron parar… ¡Yo qué sabía!
Como no me paré –dijeron luego-
La orden se cumplió y me llenaron
de un saludo que ardía todo el pecho.
¡Por favor, soy el cura, soy el cura!
Y apenas tuve tiempo para un rezo.
Hace mucho. No sé. Los muertos tienen
poca noción de cómo pasa el tiempo.
Desde aquí vemos todo y me pregunto…
¿Merecía, Señor, yo que lo veo
la angustia de una espera prolongada?
¿Dejar de ser el cura de mi pueblo
para ser camarada a quien pagaban
dejándole vivir –presa del miedo-
porque nunca hice mal a los vencidos
ni a los que luego dicen que vencieron?
¿Y mereció la pena que llegaran
aquellos que esperé –ansia y desvelo-
para dejar de ser el pobre cura
que bautizó, casó y absolvió luego,
y que murió en la duda y la amargura,
de distinguir, Señor, malos y buenos?